Lo que nadie te dice sobre los deportes que más han crecido en popularidad
Empecé a obsesionarme con esta pregunta cuando un amigo me aseguró con total convicción que el pádel era «el deporte de más rápido crecimiento del mundo». Era la tercera vez en una semana que escuchaba exactamente esa frase, casi palabra por palabra. Decidí buscar de dónde venía esa afirmación y qué había detrás. Ese camino me llevó a revisar datos sobre los deportes que más han crecido en popularidad y a descubrir que la historia real es bastante más compleja, más interesante y, en algunos puntos, bastante menos cómoda que el relato que circula habitualmente.
El problema de los datos que nadie recoge
Aquí está la primera cosa que rara vez se menciona: nadie sabe con certeza cuántas personas practican la mayoría de los deportes. Los datos que circulan provienen de fuentes muy heterogéneas: federaciones nacionales que solo registran a sus afiliados, encuestas de consumo cultural con muestras limitadas, estudios de mercado encargados por marcas deportivas con intereses evidentes en los resultados. No existe un sistema global estandarizado para medir la participación deportiva activa.
Esto importa porque significa que cuando alguien afirma que el pádel tiene tantos millones de jugadores o que el running creció tanto por ciento, esas cifras vienen de metodologías distintas, con definiciones distintas de «practicante activo» y con márgenes de error que raramente se mencionan. He visto estudios que cuentan como «practicante de running» a alguien que salió a correr una vez en el último año. Otros exigen que hayas salido al menos una vez por semana durante seis meses. La diferencia entre ambas definiciones produce cifras muy distintas. Cuando comparamos datos de distintos deportes sin conocer su metodología, estamos comparando manzanas con naranjas.
La trampa del crecimiento durante la pandemia
Entre 2020 y 2022, casi todos los deportes practicables al aire libre experimentaron un boom. El running, el ciclismo, el pádel, el senderismo, el golf. Las razones son obvias: los gimnasios cerraron, los deportes de interior se volvieron imposibles y la gente buscó alternativas al aire libre. Ese período produjo un pico artificial de crecimiento que todavía contamina los análisis actuales.
El problema es que muchos de los practicantes que entraron en esos deportes durante la pandemia los abandonaron después. La tasa de abandono fue alta en casi todos los casos, aunque difícil de medir con precisión por las razones ya mencionadas. Cuando alguien te dice que el pádel multiplicó sus jugadores durante la pandemia, la pregunta que hay que hacerse es cuántos de esos jugadores siguen en las pistas tres años después. Esa cifra es la que realmente indica si el crecimiento fue estructural o coyuntural. Y esa cifra, por supuesto, es mucho menos citada.
El sesgo mediático hacia los deportes fotogénicos
Hay un patrón muy claro en qué deportes reciben cobertura mediática sobre su crecimiento: los que son fotogénicos. El surf, la escalada, el skateboarding, el pádel en canchas elegantes. Estos deportes generan contenido visual atractivo que funciona bien en redes sociales y en medios digitales. El resultado es que su crecimiento recibe atención desproporcionada comparado con deportes que crecen igual o más pero que generan menos contenido visual impactante.
El bádminton, por ejemplo, es uno de los deportes de raqueta con mayor base de practicantes del mundo, especialmente en Asia. Raramente aparece en los análisis sobre deportes en crecimiento que se publican en medios hispanohablantes. El volleyball de playa ha crecido enormemente en toda América Latina pero recibe una fracción de la cobertura que tiene el pádel. El sesgo mediático no refleja la realidad del crecimiento; refleja la estética y la narrativa que funcionan mejor para generar clicks e interacción.
Lo que los datos de participación no capturan
Existe una dimensión del crecimiento deportivo que los datos numéricos no capturan bien: el cambio cultural. Algunos deportes han crecido no solo en número de practicantes sino en su peso cultural, en su influencia sobre el lenguaje, la moda, los valores y las identidades de las personas que los practican. El surf es el ejemplo más claro: ha influenciado décadas de cultura popular mucho más allá de sus practicantes activos. El running ha cambiado la manera en que muchas ciudades diseñan sus parques y sus infraestructuras.
Este impacto cultural es más difícil de medir pero puede ser tan significativo como el crecimiento en número de practicantes. Un deporte que moldea la cultura de una generación tiene un impacto que va mucho más allá de sus estadísticas de participación. Y paradójicamente, esos deportes de influencia cultural profunda suelen ser más resistentes a los ciclos de moda que aquellos que crecen rápido por razones puramente coyunturales.
Lo que sí podemos afirmar con confianza
Después de todo este escrutinio, ¿qué queda en pie? Bastante, en realidad. El running es genuinamente el deporte de participación más extendida en la mayoría de países occidentales, con un crecimiento sostenido de décadas que no depende de ningún ciclo mediático. El ciclismo ha crecido de manera sólida, amplificado por la revolución de la bicicleta eléctrica. Los deportes de aventura como la escalada y el surf tienen comunidades excepcionalmente fieles que no abandonan. Y el pádel, a pesar de todas las advertencias de cautela metodológica, ha construido en España y América Latina una base real y significativa de practicantes habituales que va más allá de la moda pasajera.
La historia del crecimiento deportivo es una historia de complejidad, de datos imperfectos y de narrativas construidas sobre verdades parciales. Entenderla bien requiere aceptar esa complejidad en lugar de buscar el titular sencillo. Y eso, admito, es menos satisfactorio que la certeza de que hay un único deporte ganador. Pero es considerablemente más honesto.